¿Sometimiento y sumisión emocional? ¿Costumbre y/o necesidad?

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El sometimiento emocional es una condición que atraviesa nuestro ser desde la más temprana infancia hasta la muerte: el sometimiento al otro producido por el miedo a su respuesta emocional, a que no nos valide, a que frustre nuestros deseos, a que nos castigue con la pérdida de amor, con la descalificación, con el abandono. Basta con adentrarnos en la vida de pareja para comprobar el profundo sufrimiento que se deriva de estar pendiente de la respuesta emocional del otro/a. Es una continuación, a veces casi sin modificación alguna, del mundo emocional del bebé, quien es moldeado por la mirada de de  las otras personas significativas dado que la única referencia que tiene sobre su ser es el estado de ánimo de esa otra persona significativa. No tiene forma de saber que el humor cambiante de los que le rodean, el fastidio o el amor que experimentan hacia él, son más el producto de necesidades y estados internos del otro que de su propia conducta y valía. 

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Esa es la marca que llevamos como núcleo duro de nuestro ser y que determina nuestra reacción emocional ante el otro, nuestro continuo temor en la pareja, en la amistad, incluso en el encuentro fugaz con alguien que no volveremos a ver. Nuestra vida está marcada por la conflictiva del sometimiento, por los intentos de lidiar con las angustias que nos produce la dependencia emocional y con las angustias generadas al intentar desprendernos de aquellos a los cuales nos sometemos. Es lo que explica por qué hay sumisión a una pareja que no responde a legítimas necesidades emocionales, o que tiene frecuentes estallidos de agresividad, o es infiel, o llega a formas brutales de maltrato, sumisión que requiere del autoengaño para poder continuar soportando esas condiciones, fabricándose, una y otra vez, argumentos que hagan creer a la razón lo que profundamente se sabe que no es cierto: que se sufre en esa relación, que el miedo a la separación (soledad, indefensión, sentimientos acerca de la imposibilidad de conseguir otra pareja) es capaz de imperar por encima de cualquier sufrimiento.

El término sumisión es una gama muy amplia de fenómenos, no sólo a los casos más extremos en que alguien es dominado totalmente por el otro/a, aceptando sus deseos, sino a algo mucho más frecuente, cotidiano: la angustia que experimentamos frente al otro/a, a la inhibición en expresarnos, a la mirada atenta con temor a los gestos del otro/a, a lo que dice, a su tono de voz, a su cara. El otro es escudriñado inconscientemente de manera constante para ver si está conforme y satisfecho con nosotros. Sumisión al otro/a es lo que impide dejar fluir lo que somos, lo que deseamos, lo que pensamos, lo que sentimos.

Como se desprende de esta simple descripción, la sumisión al otro/a es la más universal de las condiciones. El gran desafío que todos debemos afrontar es cómo seguir en relación, cómo mantener el vínculo, cómo escuchar al otro/a, cómo tener en cuenta lo que el otro/a siente y piensa, y todo ello sin renunciar a ser uno mismo, diferente de ese otro, con nuestras limitaciones pero con nuestros valores.

Estamos condicionados para creer que lo que el otro siente frente a nosotros (su entusiasmo o su rechazo, su deseo de acariciarnos o la reticencia a nuestras caricias) testimoniarían sobre lo que somos, si somos dignos de ser queridos o no, sin darnos cuenta que, en verdad, lo único que indican es lo que le pasa al otro.

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Desgraciadamente, los seres humanos por crecer en un mundo en que nos es vital que las pocas figuras que nos rodean nos acepten, nos quieran, nos valoren (no puede ser de otro modo) arrastramos esa condición y no llegamos a saber emocionalmente que el mundo que ahora nos rodea es más amplio que el infantil, que si alguien no nos quiere siempre encontraremos a alguien que sí goce estando con nosotros. Las necesidades y deseos que tenemos de intimidad de distinto tipo (acariciar, besar, ser acariciados, ser besados, dormir junto a alguien, tener relaciones sexuales, compartir estados de ánimo, experiencias, etc.) hacen que la ausencia de la pareja, o la sola anticipación de que ello pudiera suceder, desencadene un estado de necesidad imperiosa semejante al provocado por la abstinencia en cualquier adicción. De ahí lo difícil que resulta desprenderse de una pareja que junto al maltrato o a la frustración que produce alterna éstos con momentos en que vuelve a proporcionar satisfacción suficiente para mantener la adicción. No es una cuestión en la que se pueda considerar que la persona niegue la patología del otro/a sino que, aun sabiendo de ella, no puede resistir la presión de su propia necesidad de contacto con el otro/droga.

Pero éste no es un destino inexorable, podemos con un lento pero continuo proceso de elaboración que, tras un primer tiempo de comprensión intelectual de las condiciones que nos empujan al sometimiento, de que podemos recuperar nuestro ser de la alienación en el otro. Por supuesto que hay condiciones de la realidad que hacen que alguien no pueda separarse, o que el balance entre sufrimiento y satisfacción con la pareja no sea tan desequilibrado hacia el polo del primero como para impulsar una medida tan drástica, dolorosa y traumática como es la separación, pero el llegar a sentir que la persona que es nuestra pareja no es única, que sus respuestas afectivas frustrantes no son por lo que uno es sino que dependen de características del otro, contribuye a disminuir el sufrimiento, la dependencia afectiva, el daño a la autoestima, y a continuar con la pareja bajo otras condiciones. 

Como dijo alguien en una ocasión: “Antes lo/la quería y no me quería a mí. Ahora lo/la quiero menos pero me quiero a mí”.

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El estado afectivo con que se expresa estas palabras es una mezcla de orgullo sobre uno mismo y de dolor porque ya no se quiere como antes, y eso es una pérdida, pero con el sentimiento de que por primera vez uno siente por lo que uno es, y no, de una forma vicariante, lo que el otro nos hace sentir que somos.

¿Hay diferentes maneras de experimentar la Intimidad?

Podemos experimentar el sentimiento de intimidad de diferentes maneras. Hay personas que experimentan la intimidad sintiendo que están en el mismo espacio psicológico con la otra persona si ambos sienten el cuerpo del otro, es decir,  si el cuerpo de cada uno está representado placenteramente en la mente del otro.

sexo-pareja-sexualidadMientras que para algunos es indispensable experimentar la sexualidad de una manera directa, para otros resulta suficiente pasar junto a la otra persona y rozar fugazmente una parte de su cuerpo a condición de que ese roce sea también para el otro una señal de que se comparte una presencia. Este “sentimiento de la intimidad corporal” es diferente del “sentimiento del apego corporal” en que la persona busca el contacto sólo para sentir en su cuerpo al cuerpo del otro, donde se desea dormir abrazado al otro para que su presencia sea calor y sensualidad en el propio cuerpo.

En cambio, cuando es el “cuerpo de la intimidad el que se desea” pasa a requerirse, adicionalmente, que la mente del otro, el cuerpo del otro, sientan al cuerpo del sujeto: encuentro entre dos mentes en las que el cuerpo del otro es vivido como deseante y no como objeto de un deseo que existe sólo en el sujeto.

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Otras personas viven la intimidad basada en participar de un mismo estado afectivo, sea el de alegría, el de tristeza, el de sorpresa, el de interés, el de horror y disgusto. Cuando el anhelo de cohabitar en tal espacio emocional es el que domina a la persona, se hace todo lo necesario para activar en la otra persona el estado afectivo deseado: la comunicación es una acción sobre otra persona para producir la resonancia afectiva, para que el otro vibre en la misma longitud de onda. Incluso, se hipertrofia el propio sentimiento y se histeriza la emoción, para arrastrar al otro. O, a la inversa, el sujeto se mimetiza con el estado de ánimo del otro para sentir que está con ese otro. En ambos casos, la afectividad no es algo en sí misma, no vale por su cualidad expresiva de estados interiores sino como medio para alcanzar el encuentro con el otro. 

Por ello la pregunta no es sólo ¿qué siente?  sino, también, ¿siente esto para sentir, qué otra cosa? Y esa otra cosa consiste, frecuentemente, en lograr sentir que se “está con”. 

Para ciertas personas, se obtiene placer al estar sufriendo “junto con”, lo que genera en algunas personas una de las formas del masoquismo: el placer de sufrir se deriva, en que permite alcanzar el sentimiento de intimidad con un otro que sufre. Si ésta ha sido la modalidad básica de intimidad que se vivió en la relación con los padres o con los hermanos (relatos de uno de los padres sobre su sufrimiento en la relación con el otro, o sufrimientos experimentados en la infancia), entonces, para readquirir la vivencia del encuentro, se recreará el sufrimiento que fue el aire que se respiraba en común. La propuesta de sufrir juntos que se propone inconscientemente al otro, sea un amigo/a o la pareja, mediante el hablar o recordar hechos y experiencias dolorosas, tiene un carácter agridulce derivado de ser la condición que posibilita el sentimiento de encuentro íntimo. 

¿Son las Ideologías y Creencias una costumbre y/o una necesidad?

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La necesidad de adoptar una actitud abierta y sincera para poder llegar a comprender la problemática que nos plantea nuestra propia vida no es fácil y por varias razones.

Principalmente porque estamos acostumbrados a agarrarnos a nuestras ideas, no porque hayamos llegado a ellas a través de una maduración o por elección hecha con una cierta objetividad, sino porque nos hemos adherido a algunas ideas entre las varias que se nos han ofrecido porque ellas nos daban, aparentemente al menos y en ese momento, una mayor garantía de seguridad, alguna compensación, un bienestar, una cierta plenitud, etc… Es verdad que cada uno de nosotros tenemos nuestros propios motivos y razones. Pero ocurre que raras veces se llega a las ideas que uno tiene (hablando en términos generales) a través de una búsqueda sincera, profunda, objetiva y desapasionada. Casi siempre nos encontramos ya con unas ideologías y creencias a las que nos adherimos; y es verdad que estas ideologías y creencias nos ayudan (de lo contrario no nos apegaríamos a ellas), pero también, es igualmente cierto que muchas veces, paralelamente a la ayuda que nos prestan, se convierten en nuestra propia condena, en cárceles, en muros que nos aprisionan y que nos impiden ver qué hay más allá de esa propia ideología, de esa forma de ver el mundo o de vernos a nosotros mismos.

Sin pretender ir contra ninguna ideología o creencia en particular, quizás, sólo contra la inconsciencia, que puede vestirse de muchas formas, y que a veces se manifiesta, no sólo en el hecho de aceptar a ciegas una cosa u otra determinada, sino en estar defendiendo unos principios, unas ideas, por pura rutina, por inercia, por la costumbre que se ha adquirido de considerar aquello como lo único válido.

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Vivir es transformarse, crecer, desarrollarse, madurar. Todo junto quiere decir estar constantemente destruyendo formas antiguas para edificar otras nuevas. La vida implica ese proceso permanente de destrucción y nueva construcción. Y eso no sólo es una verdad biológica de nuestro organismo, de nuestra fisiología, sino que también lo es, o habría de serlo, una verdad de nuestra vida afectiva, mental y espiritual. Cuando la vida deja de tener este ciclo permanente de renovación, destrucción y recreación, aunque siga llamándose y pareciéndonos vida, no es en realidad sino todo lo contrario: son meras cristalizaciones que detienen el proceso activo y dinámico de nuestro propio existir.

Nos cuesta seguir este proceso porque en la vida no sólo nos gusta tener unas ideologías y creencias, sino que necesitamos adherirnos a ellas. El mal está en que estas ideas no se nos desprenden nunca. Y entonces somos nosotros los que quedamos encerrados dentro de ellas, en vez de conservarlas y mantenerlas tan sólo a condición de que aún sigan teniendo vigencia según nuestra perspectiva actual. Generalmente nos sumergimos en una actitud cómoda, en zona de seguridad y confort,  más o menos pasiva, y desde ella consideramos que las ideas siguen teniendo el mismo valor que les dimos el día que las recogimos o nos las entregaron por primera vez. Somos víctimas de la inercia, de la apatía, o de la pereza. Y de este modo la idea que en su momento fue estupenda se convierte, ahora para nosotros, en un elemento de retraso, se está muriendo dentro y nos está haciendo morir a nosotros juntamente con ella, bloqueando toda posibilidad de un desarrollo posterior.

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¡Eso eres Tú!

Tutor y principe

Cuando Svetaketu tuvo doce años, fue mandado a un maestro, con el que estudió  hasta  cumplir  los  veinticuatro.  Después  de  aprender  todos  los Vedas, regresó al hogar lleno de presunción en la creencia de que poseía una educación consumada, y era muy dado a la censura.

Su padre le dijo: —Svetaketu, hijo mío, tú que estás tan pagado de tu ciencia y tan lleno de censuras, ¿has buscado el conocimiento por el cual oímos lo inaudible, y por el cual percibimos lo que no puede percibirse y sabemos lo que no puede saberse? Sigue leyendo

¿Hay fases o etapas ante una situación de crisis?

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Una persona expuesta a un suceso grave puede pasar por una serie de etapas:

fase aguda o de impacto (que dura minutos, horas o días),

fase de reacción (que dura de una a seis semanas) y

fase de reorientación (después de uno o dos meses hasta seis meses o más).

Existe una transición gradual de una fase a otra que depende de la duración y gravedad en la fase anterior. Sin embargo, es importante tener en cuenta que estas etapas no siempre se observan ni ocurren invariablemente en un orden específico. Son más bien la expresión de un esquema típico de reacción de una persona normal ante un hecho extraordinario.

¿Qué es una crisis?

Una crisis es un estado temporal de trastorno y desorganización en una persona.

 Se caracteriza, principalmente, por la incapacidad para enfrentar una situación, para resolver problemas.

 Se pueden mencionar los siguientes aspectos importantes al definir una crisis:

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-Se produce un suceso precipitante, es decir, un acontecimiento que causa la crisis.

-Es una situación normalmente imprevista.

-Se pierde el equilibrio emocional en la forma acostumbrada de sentir y de expresar lo que se siente.

-Causa sufrimiento: dolor, tristeza, miedo, inseguridad, enojo, rabia, impotencia…

-Genera cambios: la crisis puede ser un peligro y desembocar en enfermedad, pero también puede ser una oportunidad para crecer y aprender.

-Es temporal: después de un tiempo se recupera nuevamente el equilibrio.

-Las formas habituales con las que la persona resuelve sus problemas no funcionan en esta situación. Sigue leyendo

En cierta ocasión, una mujer acudió al rabino Israel…

En cierta ocasión, una mujer acudió al rabino Israel y le hizo saber su secreta aflicción: llevaba veinte años casada y no había tenido ningún hijo.

-¡Qué casualidad!», dijo el rabino. -Exactamente lo mismo le ocurrió a mi madre.» Y le contó la siguiente historia: Sigue leyendo

Hace muchos años, un obispo de la costa este de los Estados Unidos…

Hace muchos años, un obispo de la costa este de los Estados Unidos se hallaba visitando una pequeña universidad religiosa de la costa oeste, alojándose en casa del rector de la universidad, un joven y progresista catedrático de física y química.

 Un día, el rector invitó a los miembros de su facultad a cenar con el obispo, para que pudieran beneficiarse del saber y la experiencia de éste. Después de la cena, la conversación se centró en torno al tema del milenio, del que el obispo aseguró que no podía tardar en llegar. Y una de las razones que adujo para ello era que ya se había descubierto todo en el terreno de la naturaleza y se habían hecho todos los inventos posibles.

El rector, con toda cortesía, mostró su desacuerdo y dijo que, en su opinión, la humanidad se encontraba en los umbrales de una era de grandes descubrimientos. El obispo desafió al rector a que mencionara uno de ellos, y el rector dijo que tenía la esperanza de que en el plazo de cincuenta años, más o menos, los humanos podrían volar.

Aquello le produjo al obispo un ataque de risa. 

-¡Qué tontería, mi querido amigo!», exclamó.

-Si Dios hubiera querido que los humanos voláramos, nos habría dado alas. El volar está reservado a las aves y a los ángeles.»

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El obispo se apellidaba Wright y tenía dos hijos llamados Orville y Wilbur, que fueron los inventores del aeroplano.

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El presidente y su hijo.

Taft e hijo

El Presidente de los Estados Unidos William Howard Taft se hallaba una noche cenando cuando el más pequeño de sus hijos hizo un comentario irrespetuoso acerca de su padre.

 Todos quedaron paralizados por la audacia del muchacho, y el silencio se podía cortar.

 -Pero, bueno», dijo la señora Taft, «¿no vas a castigarle?

-Si el comentario se refería a mí en cuanto padre, naturalmente que será castigado, dijo Taft.

-Pero, si se refería al Presidente de los Estados Unidos, está en su derecho, porque la Constitución se lo permite.

 ¿Y por qué un padre va a quedar exento de la crítica que es buena para un Presidente?

 

Un filósofo que tenía un solo par de zapatos…

Un filósofo que tenía un solo par de zapatos pidió al zapatero que se los reparara mientras él esperaba.

 -Es la hora de cerrar, le dijo el zapatero, de modo que no puedo reparárselos ahora.

-¿Por qué no viene usted a recogerlos mañana?”

 -No tengo más que este par de zapatos, y no puedo andar descalzo.

 -Eso no es problema: le prestaré a usted hasta mañana un par de zapatos usados.

 -¿Cómo dice? ¿Llevar yo los zapatos de otro? ¿Por quién me ha tomado?

 -¿Y qué inconveniente tiene usted en llevar en los pies los zapatos de otro cuando no le importa llevar las ideas de otras personas en su cabeza?

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